Un (des)intento fugitivo de (a)bordar los (des)bordes

Ornela Barone Zallocco
Universidad Nacional de Rosario, Argentina
Santiago Díaz
Universidad Nacional de Mar del Plata, Argentina

post(s)

Universidad San Francisco de Quito, Ecuador

Recepción: 10 Agosto 2021

Aprobación: 10 Septiembre 2021



DOI: https://doi.org/10.18272/post(s).v7i1.2415

Cómo citar: Barone, O. y Díaz, S. (2021). Un (des)intento fugitivo de (a)bordar los (des)bordes. En post(s), volumen 7 (pp. 28-51). Quito: USFQ PRESS.

Resumen: En el presente trabajo se han descompuesto los modos del pensar y producir conocimiento, se visibilizan todas las experiencias que conversan cuando (de) finimos posiciones ontoepistémicas (des)bordantes. Mediante una escritura mixturada de conceptos, teorías, referentes, experiencias y sensibilidades, in­dagamos sobre los modos (des)bordantes que afectan lxs cuerpxs, las sensibi­lidades múltiples de los territorios, los (con)textos extractivistas y capitalistas, las instituciones educativas y la consagrada academia. Proponemos múltiples preguntas como intento de dehiscencia de este escrito y su devenir en (quizá) posibles agencias insurgentes.

Palabras clave: epistemología, ontología, experiencia, cuerpxs, investigación educativa.

Abstract: In the present work, the ways of thinking and producing knowledge have been decomposed, all the experiences that converse when we define overflowing onto-epistemic positions are made visible. Through mixed writing of concepts, theories, references, experiences, sensibilities, we inquire about the overflowing ways that bodies affect the multiple sensibilities of territories, extractivist and capitalist (con)texts, educational institutions, and the consecrated academy. Multiple questions are proposed as an attempt to dehisce this writing and it’s becoming (perhaps) possible insurgent agencies.

Keywords: epistemology, ontology, experience, bodies, educational research.

Minúsculas notas afectantes

La narrativa aquí presentada es efecto de conversaciones entre lxs autorxs; con­versaciones que durante el proceso de escritura escribieron sus cuerpxs y territo­rios; conversaciones que mantuvieron con sus libros y redes afectivas; conversa­ciones que mantuvieron con sus experiencias. Esta narrativa pretende visibilizar los modos de componer posiciones ontoepistémicas, de comprender y hacer mundos, y de constelar lxs cuerpxs que somos. Esta narrativa pretende también, y quizá ambiciosamente, coquetear con otros modos de escritura quizá no tan académicos. Desea otorgar volumen a algunos grafos, tachar otros e incorporar narrativas visuales como un lenguaje en sí mismo que no requiere posterior ex­plicación, sin que por ello se trate de una utilización ornamental, banal o super­ficial de las visualidades. La narrativa desbordante aquí compartida es fruto de las afectaciones que venimos cultivando, y que, lejos de pretender encapsular o limitar posibilidades, pretende abrirlas, hacerlas proliferar, gestar vectores de pluriversos y encuentros inesperados.



Tachar: históricamente entendido como negación o anulación; sin embargo,
aquí se ha elegido comprenderlo como una línea de pensamiento que atraviesa
esas palabras o conceptos, y nos ubica en posición de rumiantes, pensantes,
deriva... La deriva plural del pensamiento es el modo en que se evidencia la
antesala del pensar, lo que intentamos hacer es dar cuenta de lo que no se ve
del ejercicio del pensar.

La conversación como modo de pensar(nos) y ha(ser), de andar y derivar, de
agenciar(nos) y con(mover) en la itinerancia diversa de lo incierto. Conversando
vamos caminándonos en el pensamiento, en la experiencia, tramando el habitar
de la frontera... Habitar la(s) frontera(s) es ser (en) la opacidad.
*
Desbordes Derramarse, salirse del cauce / Sobrepasar, abrumar, superar las previsiones o límites / Exaltarse,
demostrar los sentimientos fehacientemente[1]
*

(Algunas) preguntas (des)bordantes que (nos) germinan

Investigar es un desbordamiento que se experimenta de diversas formas. Desbordar(se) de tiempos, exigencias, compromisos, demandas, límites y li­mitaciones. Un movimiento que excede la misma condición que determina. Desbordar(se), también, hasiendo investigación, en/con las curiosidades, exci­taciones y deslumbramientos, junto a las luchas, las re-existencias y los territo­rios que compartimos. Un desbordarse al perder el cauce y restituir los flujos, el modo de encauzar/nos, el/los límite(s), los tiempos, las experiencias, las sensibi­lidades. Desbordar(se) y/o exceder(se) en los espacios orientados, normalizados, limitados, institucionalizados, racializados, patriarcalizados, ¿academizados?

¿Hablamos de habitar los bordes o desbordar(nos)? Quizá jugamos a ser fenicixs de las (de)construcciones culturales, sociales, políticas y académicas. Estar en o siendo junto a los límites o confines de las cofradías legítimas de larga tradición y aceptación RAZionalistA.[2] Disputar, disrumpir o interruquir (flores, 2013) como aguas por fuera de su cauce-causando afectaciones, movilizacio­nes y temblores, en patrones sedimentados, insistentemente codificados en normas internacionales. La proliferante vegetación que nos atraviesa y habita crece incesantemente.

¿(Des)bordarnos se nos impone? ¿Lo buscamos, lo esperamos, lo deseamos? ¿Estamos (des)bordadxs o acaso nos tejemos de otros modos? ¿Será quizá que nuestras lanas, filamentos e hilos que tejen la urdimbre de los puntos de vida (Coccia, 2017) sean excesos o estén por fuera? Si los bordes habitualmente im­plican contención, limitación, normalización y orientación, tal vez (des)armaremos aquí algunos supuestos con los que también creíamos vestirnos. Nos (des) vestiremos para tocarnos las pieles sensibles y encontrar las sutiles huellas que dan cuenta de que (des)bordarnos es devenir en conversación junto/con los territorios que somos, junto/con las investigaciones que estamos siendo. Inves­tigar se nos presenta como un andar que nos (des)viste e inviste con la potencia deseante de lo vital. ¿Nos hacemos investigación cada vez que lo desbordante se presenta?



¿A qué nos habilitan las líneas que demarcan nuestras existencias? ¿Qué
experiencias definen los bordes, qué encuentros con lxs otrxs, con los
territorios, nos permiten?

Consideramos el ejercicio del pensar como uno de los grandes desbordesde lo imaginario. Un desbordamiento que hace del pensar una experiencia de éxtasis, nos fuerza a ir más allá de lo que somos, de lo que acostumbradamente pensa­mos o creemos, con un evidente riesgo implícito: el perdernos en ese desborde. Esto es una decisión que pocas veces podemos tomar con cierta voluntad pro­pia, pensar es algo que nos habita y estalla, que se expande y crece, como el desierto, como la selva, como las urbanidades. Ir más allá de lo que somos es, en cierto modo, dar un paso al abismo, entrar en la incierta condición del no-saber para experimentar esas fuerzas primordiales, germinales, latentes, que son las fuerzas de vida. Así los movimientos insurgentes, así las largas conversaciones que anteceden a las revoluciones, así las organizaciones antes de cualquier creación, una larga conversación que nos dispone para habitar el desborde que expande nuestra sensibilidad, nuestras posibilidades de (des)composición.

El desborde es una de las potencias vitales que nos desafía en nuestra tendencia a refugiarnos en el límite, el desborde incita las líneas inesperadas, inciertas, novedosas, esas que no hemos sentido aún. No es casual que Deleuze vea ese desborde en la fuerza desrostrificante de F. Bacon, o en la intensidad que con­densa el cristal del tiempo en el cine moderno. El arte es uno de los territorios donde las fuerzas nos provocan y violentan, donde se desborda nuestra percep­ción, con el sentido de “volver sensibles las fuerzas insensibles que pueblan el mundo” (Deleuze y Guattari, 2009, 184).

Figura 1.
Figura 1.

Actor: Juan Andrés Gallego. Fotografía: Ornela Barone Zallocco

Desbordarse, un modo de penetrar en las intimidades de lo viviente, una cer­canía que por su misma intensidad nos invade en el exceso de incógnitas, al mismo tiempo que vitaliza cada una de nuestras fibras de existencia. Desbor­darse, esa cercanía íntima, es el tanteo vibrátil de una proximidad intensiva a la tierra, a los estratos materiales de una vitalidad incontenible. La percepción de esas experiencias solo puede devolvernos con una cierta irritación en los ojos, una piel desgastada, una voz disfónica, un alma ajada, para que inevita­blemente haya que recomponer todo nuevamente. Por eso, las preguntas más que inquietarnos por las respuestas, siempre son orientadoras de una cierta sensibilidad que tiende a abrirse a las formas diversas de lo que adviene en su pluralidad más proliferante:



¿Cómo se desborda una mirada?
¿Qué éxtasis induce una piel erizada?
¿Qué aturdimiento me deja un oído estallado?
¿Qué olores friccionan nuestra médula?
¿Qué rasga la piel del papel al escribir en el silencio quebrado del trazo?
¿Cómo es la serena calma de una mirada que piensa en medio de la tormenta?
¿Qué expande, expresa, lanza una voz cargada de silencios acumulados?
¿Cuándo las manos apretadas se abren sin pedirlo ni reclamarlo?
¿Cuándo tiembla el alma de corazonar (im)posibles?

No hay pregunta que no invite a deshacer el pesado lastre de las historias y las mantenga latentes, como el suspenso sin aire de lo que antecede al paso que damos al caminar, como el momento previo a cada pulsación de vida. Pensar es hacer de toda sensación una pregunta, de toda percepción una inquietud, no tanto la postulación de conceptos argumentados o teorías fuertemente desarrolladas —eso es algo que llega con el tiempo—, sino que el pensar es la afirmación de un instante interrogante que detiene el movimiento de lo viviente para hacerlo derivar en mil direcciones (de) posibles, un punto cero multifocal, plural, que se expande como los cuerpos de las vegetaciones, len­tamente hacia todas las direcciones, simultáneamente en todos los sentidos, esto “no solo sostiene las contradicciones, convierte la ambigüedad en otra cosa” (Anzaldúa, 2016, 136).

Cuerpxs (des)bordadxs

Las corporalidades han sido el campo de batalla de históricas luchas de apro­piación y capturas, de sometimientos y laceraciones, de dolores y violencias inimaginables; pero, así también, han sido un campo minado de libertades compañeras y expresiones placenteras, eufóricas y desbordantes. Entre esas fluctuaciones, (re)conocer los modos en que nuestrxs cuerpxs construyen los saberes que lxs conforman es (re)conocer los límites y los bordes que cercan lo impredecible, lo insospechado, lo (in)consciente. (Re)conocer(se) es parte necesaria de comprender los vectores de la normalidad euro-he- tero-capitalmente centrada, bajo la cual nuestras potencias vitales, desean­tes y espirituales han sido cosificadas, distribuidas y puestas a funcionar. Hackear los modos opresivos de los límites, como toda frontera que opere como cerco de impedimentos, es entonces —quizás— rebasar(nos) (a) los límites de lo extraño, oscuro, oculto, maligno, otrx, ajenx, distintx, y que al inmiscuirnos en esas zonas “peligrosas” se (con)firma la implacable y eficaz existencia de los sistemas corruptos. Hackear los cuerpos y las almas de la cooptación recibida por tanta delimitación es una práctica desafiante y con­tinua. Hacer valiosas las epistemologías gestadas por las experiencias y prác­ticas en su singularidad, así como sus encuentros, encrucijadas y derivas es habilitar(nos) una dimensión certera de afirmación sensible, que nos liga verdaderamente al mundo, ese mundo de existencia plural que vamos tra­mando en esas (an)danzas.

La brújula deseante de encontrar-tejer los gestos desbordantes nos inunda lx cuerpx, lx exceden, forzándolo a transgredir sus estabilidades, su consis­tencias habituales. Este rebasamiento no siempre es ameno y feliz, porque sabemos que “cuando el deseo se convierte en un peligro para el cuerpo, el miedo comienza a amenazar desde dentro al deseo y lo asimila como enfer­medad” (Berardi, 2020, 57). En esta sociedad extractivista de las fuerzas vita­les, en todas las dimensiones posibles, hay un espacio demasiado reducido para desarrollar los deseos con el tiempo que merece una composición singu­lar; pese a ello, hay muchas fórmulas para paliar las enfermedades producidas por las lógicas productivas del deseo. Resistencias secretas, rebeldías imper­ceptibles, insurgencias disimuladas que se van dando en lo más mínimo de nuestros haceres diarios, son las prácticas en donde la batalla deseante se des­ata habitualmente.

¿Dónde germina el deseo en nuestrxs cuerpxs? ¿Es que acaso podamos li­mitarlo, o reducirlo a espacios liminales (Diéguez, 2007) de tiempo libre y fines de semana? Similar al vínculo de nuestrxs cuerpxs deseantes, la relación de nuestras corporalidades con los saberes que incorporamos a través de las experiencias, agencias y espacios que habitamos se vuelven desbordantes y en ocasiones demasiado mentales, con multiplicidades de sesgos aprendidos para boicotear lo propio. Por eso las narrativas que trazamos con nuestrxs cuerpxs y los modos performáticos en los que desplegamos nuestras inquietudes en los (con)textos diversos que exploramos, no están exentas de apropiaciones, capturas y formas de reterritorialización de esas intensida­des desbordantes.

La estrategia predilecta de las lógicas capitalísticas, por ejemplo, en sus di­versas vertientes, desde la empresa, la pequeña y mediana empresa, desde las formas de valorar el capital en sus múltiples formas —económico, cultural, intelectual, erótico, etc.—, hasta incluso el modo de producción académica, fundamentalmente la forma en que se expropian los tiempos de elaboración de las ideas y la manera en que se expresan de manera escrita en los distintos modelos de papers y publicaciones, es donde sentimos que hay una captura y recodificación de las fuerzas vitales, de lo deseante como expresión crea­dora de los modos de vida. Por ello, los desbordes se intencionan e incitan como un ritmo propio de la producción capitalística; bajo la moral rítmica del tiempo productivo, no solo se incita sino que incluso se llega a desear. La ve­locidad del capital ya no es un ritmo externo a nuestras existencias, sino que es el calmante predilecto de nuestra sensibilidad. Si no es a ritmo de esa co- nectividad multidimensional, multitask, seguramente encontremos una sen­sación de aburrimiento o de evidente somnolencia. El desbordamiento es la incitación de los flujos necropolíticos que han expandido las premisas de la posmodernidad globalizante, del capitalismo mundial integrado, al decir de F. Guattari (2004), la han expandido en el afuera más profundo, ese que sole­mos llamar nuestra interioridad.

El desbordamiento de los flujos capitalísticos, que marcan el ritmo de la vida normalizada, ha penetrado en la conectividad celular, mental y afectiva de todas nuestras relaciones. Se trata de una estrategia evidente que busca for­zar la necesidad de consistir espacios mínimos de vitalidad donde encontrar cierta tranquilidad, cierta paz placentera o calma serena. Donde habitualmen­te podemos decir que ahí vivimos. Esa búsqueda de consistencia existencial se da en medio de un desbordamiento complejo de múltiples dimensiones, transversal a todas las formas expresivas de nuestra vida. Nuestrxs cuerpxs estallan, nuestras conciencias colapsan. Sabemos y somos conscientes, pero este desbordamiento excede la conciencia y las posibilidades de dar cuenta de lo que sucede, siendo muy difícil revertirlo. Pese a ello, los desbordamientos que imaginamos también nos permiten encontrar resistencias —como decía­mos— donde establecer fracturas, cortes, en esta inmanencia del modo de vida capitalístico.

Imaginamos el desbordamiento de lo sensible como entrelazamiento, fusión y penetración en la misma matriz deseante del capital y una subversión de los efectos de verdad que esta espera como reinserción de la normalidad productiva. Ralentizar los procesos, alterar las gramáticas para tejer otras re­tóricas, nublar las lentes que leen nuestros escritos, así como hacer de todo gesto cotidiano una nebulosa indistinguible, la niebla que nos vuelve un poco inapropiables. Poner lx cuerpx en esa nebulosa, expandir la atmósfera en la abundancia fecunda de la selva, o el bosque. Poner lx cuerpx en resonancias inesperadas, indistinguibles, inapropiables es hacer de cada gesto, de cada in­tención, de cada pensamiento una conexión proliferante de multiplicidades he­terogéneas: una heterogénesis autopoiética(Díaz, 2012).

Poner Ix cuerpx, activar el desbordamiento político de lo sensible

Poner lx cuerpx es el sentido de una fuerza que nos impregna en la necesidad de politizar cada fibra de nuestras existencias. Los saberes de lxs cuerpxs se expresan en un movimiento sensible como trama íntima de la temporalidad, las formas en las que nos movemos en este flujo, donde vamos haciéndonos tiempo, y acariciando las fibras de las memorias que nos componen. Esto nada tiene de romántico —en su sentido más banal—, porque las antiguas memorias que habitan en nuestras corporalidades —como decíamos recién— siempre nos desbordan, nos expanden y exceden, no tanto en el espacio —aunque a veces sucede—, sino en la sincronía de pasados que portamos como archivos de rela­ciones, historias, de artes culinarias y edilicias, sexualidades, violencias, ultrajes, duelos, arrebatos y partidas.

Nuestros archivos sensibles no se reducen a lo que hoy recordamos, sino que están en una memoria colectiva que se entrelaza en la tierra, en las histo­rias que nos contaron, en los caminos del pueblo donde nos criamos, en los olores y sonidos propios de esos lugares. En ese pasado antiguo que subsiste en los haceres cotidianos, en las relaciones de nuestras familias, de las ausen­cias y los amores que hemos tramado en la vida, nuestrxs cuerpxs compo­nen su saber sensible. Por eso el saber corporante no es algo que podamos manejar a la ligera, simplemente, sino que hay que darle el espacio apro­piado, la disposición precisa para que esas tramas profundas de la memoria sensible puedan ponerse en movimiento, se expresen y contagien el sentido de la comunidad que elegimos —sensiblemente— como parte de nuestro andar vital.

Figura 2.
Figura 2.

Actor: Juan Andrés Gallego. Fotografía: Ornela Barone Zallocco

Poner Ix cuerpx es un modo de diagramar las posibilidades, siempre desafiantes y terroríficas, de salir de sí para encontrarnos con ese afuera más profundo que toda exterioridad; es decir, con la intimidad más intensa de las antiguas memo­rias que nos habitan en la opacidad de nuestras corporalidades más sutiles. En esa densidad compleja a la que el barroco le dio el nombre de alma. Hay mucha valentía en ese acto fundamental de salirse de la cómoda condición de la intimi­dad como resultado de una experiencia consciente del propio yo. La intimidad de la que hablamos implica una comunidad sensible, antiguas redes afectivas que portan saberes muy diversos y que nos van enlazando en el tiempo concre­to de la vida que vamos siendo. Poner Ix cuerpx es el modo de desafiar aquella memoria, pero también de abrir una línea de fuga, una línea de brujería —di­rían Deleuze y Guattari (2009)— y, por tanto, una línea de pensamiento sobre toda esa sombra de opacidades densas que nos componen desde hace tantos años y que siguen flotando en nuestra atmósfera cercana, en esa intimidad co­munal a la que ya casi no le quedan nombres, solo un recuerdo leve en la huella de nuestrxs cuerpxs. Poner lx cuerpx es “quitarse el miedo... averiguar dónde están las heridas...”, como dice Joyce Jandette en su performance-poema. No sin arriesgar el gesto detonante de “quitarle el seguro a la granada. (y) convertir la vulnerabilidad en amenaza” (Jandette, 2014).

Poner lx cuerpx es activar el peligroso juego donde se empieza el sabotaje del sostenimiento de las heredadas condiciones de opresión, de invisibilización, de domesticación y naturalización de las dominaciones que también yacen insistentes —y silenciosas— en nuestras corporalidades. Poner Ix cuerpx es en­frentar, temblorosxs, cara a cara, la batalla en la que podemos perder todo lo que consideramos que hemos sido, para abrazar la ternura de los despojos, de los restos y reliquias, de los vestigios —como afirma J.-L. Nancy (2008) con los que vamos a componer los balbuceos de una vida deseada, o, mejor, deseante, en la que podamos vibrar, bailar “la revolución, emborrachar la tristeza, cantar la rebeldía” (Jandette, 2014). Poner lx cuerpx o corporar las rabias y rebeldías, cultivarlas con los deseos, y hacer frente a los mecanismos de poder, gestando arácnidamente las agencias que fermentan la monstruosidad, todas las obtura­ciones y abyecciones. Haciendo piquetes a los extractivismos, manifestaciones a las violencias, visibilizando las urgencias, multiplicando las preguntas y culti­vando las sospechas.



...poner el cuerpo es escupirle a la tristeza en la cara
poner el cuerpo es desnudar el alma
poner el cuerpo es ponerse roja de ganas y no de vergüenza
poner el cuerpo es desbordar todos los espacios
poner el cuerpo es perder el cuerpo para convertirse en muchos cuerpos
poner el cuerpo es hacerlo tu misma y hacerlo con las otras
poner el cuerpo son las ganas que tengo de poner mi cuerpo junto al tuyo,
con el tuyo, sobre el tuyo, entre el tuyo, bajo el tuyo, dentro del tuyo y así y así
probando todas y cada una de las preposiciones
poner el cuerpo es la orgía desenfrenada y totalmente promiscua entre arte,
activismo y feminismo
poner el cuerpo es vestir la precariedad con el glamour de lo reciclado y del
todo a $3
poner el cuerpo es convertirse en un ciborg de tecnología (en tacones) de
punta y cinta de aislar
poner el cuerpo es no esperar nada para “hacer”, ni “hacer” lo que se espera
que hagamos
poner el cuerpo es mirarlo de frente y declararle nuestro amor
poner el cuerpo es
lo que me sale del coño,
por ejemplo,
este poema. (Jandette, 2014)[3]

Hacerse unx cuerpx en/para la investiga(c)ción educativa

Esta lengua, obscena e impúdica para la higiénica y normalizada lengua colonialista y racista de la corona académica y empresarial de España, que ha chupado clítoris, anos, dedos, vulvas , bocas, axilas, tetas, pezones y pieles, atesora el éxtasis de la carne, deletrea una identidad como pasajera del deseo y besa una política del saber perverso.

(flores, 2019)

Poner lx cuerpx es intervenir una territorialidad en sus dimensiones estético-po­líticas, como un modo de gestar interruqciones (flores, 2013), interferencias, ne­bulosas, opacidades, en donde solo se percibe un cierto régimen de sensibilidad normalizada, clara y evidentemente demandada. Poner lx cuerpx es instaurar una línea de fuga, provocar devenires, incitar nuevas relaciones no previstas ni esperadas. Poner lx cuerpx es politizar la existencia, como propone S. López Petit en Los hijos de la noche(2015: 172), asumirse anomalía politizando la vida con la propia vida, con lx propix cuerpx. Ante semejante expresión de libertad, de límite desbordante de las formalidades, nos hacemos unx cuerpx para re-existir en los frentes diversos de opresión, en lo laboral, en lo familiar, en lo sentimen­tal, en los espacios académicos. Hacerse unx cuerpx para habitar esos espacios demasiado codificados y estratificados, que, sabemos, también nos pertenecen, que requieren ser interpelados, (de)construidos, (des)armados. Poner lx cuerpx requiere de un hacerse unx cuerpx en agencia activa de una afirmación singular, fundamentalmente con el interés urgente de organizar las rabias, los imagina­rios y posibilidades; de encauzar las rebeldías que se desprenden de los deseos insumisos, de las vidas politizadas como inapropiables existencias deseantes. Volverse unx cuerpx que contagie deseo, que erotice los movimientos afectivos y las narrativas, entre las voces interespecies que transitan y co-existen en las memorias y los tiempos de las geografías sensibles propias...

Hacernos cuerpx en las (contra)pedagogías erótico-políticas del contagio, casi sin poder decidirlo mucho, como una necesidad que desborda nuestras propias posibilidades de decisión. Incita los bordes, los roza y estalla, ahí mismo donde se rebasan los límites que suelen intentar dar forma a lo previsto e instituido. Hacerse unx cuerpx es un modo de provocar lo que Deleuze y Guattari (2010, 455) llaman un “cuerpo sin órganos”, ese umbral de intensidad que se acerca al grado cero de la vida. Ante esa vida no orgánica, no organizada por las for­malidades e institucionalizaciones que regularizan y ordenan los estratos más intensos de lo viviente, los espacios intensivos evocan un (des)orden como po­tencia afirmativa. Hacerse desbordamiento en un plano de circulación de mate­rialidades fluctuantes bajo un orden metaestable sería inmiscuirse en ese plano de intensidades (spatium) que no es extensivo, sino que se filtra —contagia— entre las relaciones coimplicadas de las heterogeneidades implicadas. Esto es importante porque lo que permite la diferencia, la variación, la mutación y la heterogeneidad es esa disposición de lo intensivo (Deleuze, 2009, 311; 367). En esa zona intensiva de lo viviente, que muchas veces es apenas perceptible, pero que yace latente en pequeñas dosis de fervientes cosquilleos, operan las relacio­nes por contagio. Este contagio no es natural y ordenado, sino que se presen­ta como “contranatura”. Las relaciones que se establecen en este contagio no corresponden con las formalizaciones hegemónicas, habituales, normalizantes que predeterminan los vínculos. Se trata de un modo de producción mutante que rebasa, que desborda, es decir, que ingresa en esa zona de lo indiscernible, de la mixtura fronteriza. Entra en la frontera de lo intensivo, esa zona de des­bordamientos inusitados.

Figura 3.
Figura 3.

Actor: Juan Andrés Gallego. Fotografía: Ornela Barone Zallocco

Ante esta ontología política de lxs cuerpxs y los contagios intensivos, se eviden­cia esta idea de hacerse unx cuerpx, principalmente bajo la premisa de que lx cuerpx no está dado y prefigurado a las relaciones constitutivas de su composi­ción, sino que es necesario construirlo, que se lo construye en el “choque con los dispositivos colectivos de enunciación y deseo. De este choque surge el espesor y el vacío de lo que resulta visible y enunciable del cuerpo” (Cangi, 2020,62). En concreto, lo que nos interesa expresar es que hacerse unx cuerpx en/para la investiga(c)ción educativa nos invita a organizar nuestras experiencias y afecta­ciones en pos de prácticas pedagógicas que movilicen de manera minúscula lo esperable, poniendo en tensión las ideas, las narrativas, los espacios, las visuali­dades, lxs cuerpxs, los gestos y todos los elementos que de manera concreta o sutil componen las prácticas educativas.

Hacerse unx cuerpx para conversar y componer con los flujos de las ten­dencias dominantes, de las creencias instaladas, de los relatos universales, hegemónicos y hetera-capitalistas. Hacerse unx cuerpx para lidiar con las manifestaciones hostiles de los sistemas desgastados y conservadores. Ha­cerse unx cuerpx desbordante de energías, de propuestas desafiantes y prácticas insurgentes a espacios anestesiados por la tradición normativa. (Des)marcar los bordes organizados para limitar las epistemologías pluri- versas de las experiencias, (des)armar los nombres propios y (des)bordar los límites de lo inteligible.

Britzman (2018) sugiere detenernos en lo que hace que algo sea pensable: ¿cuáles son los límites o detenimientos del pensamiento?, ¿cómo se configu­ran nuestros regímenes de inteligibilidad? Las estructuras de inteligibilidad propuestas por Foucault organizan mediante regímenes e instituciones legales, médicas y educativas los contenidos prescriptos que están dentro de los límites y los que están por fuera, aquellos que por su condición de “sobrantes” son lo descartado, descalificado o irrelevante; sin embargo, su función, como sabe­mos, es incluso más útil que los contenidos e inteligibilidades propuestos dentro de los límites. En esta orientación, las propuestas transgresoras a las que nos invita la teoría cuir (resentida desde nuestramérica) y su pedagogía anima a múltiples respuestas a los términos que “ubican a la normalidad como proble­ma y en términos que confunden la inteligibilidad que produce lo normal como sujetx apropiadx” (Britzman, 2018, 21).

Las economías restrictivas de la lengua y del habla que propone Foucault (2011), presentes en los límites de las educaciones y en general de los rela­tos que ordenan y sostienen los poderes, confieren rígidas estructuras para las cuales consideramos necesario hacerse unx cuerpx, como se le quita el seguro a la granada a lo Jandette, o como se desarma un tejido al tirar de un hilo. Hacerse unx cuerpx en las prácticas narrativas también implica, de acuerdo con nuestras ideas aquí propuestas, un (des)centramiento de las actividades de inteligibilidad como sentido único, de las lecturas de modo recto y libres de interpretación, “la exploración se vuelve un análisis del signi­ficante y no del significado (...) la lectura, entonces como performance inter­pretativa puede ser un medio para que el autoconocimiento se desate (...)” (Britzman, 2018, 34).

Corporar la performance necesaria para agenciar los actos educativos valiéndo­nos de las preguntas como sabotaje epistémico (flores, 2019), que es la inquie­tud mínima que conmueve grandes relatos, antiguas referencias, consolidados patrones repetitivos. Un sabotaje epistémico puede ser la erótica sensibilidad de una idea, de una palabra que (des)organice, que (des)arme narrativas, bio­grafías, mitologías, imaginarios, la densa trama de las epistemologías. Una eró­tica también que hace desear en aquellos espacios donde el deseo siempre fue penalizado, obturado, codificado, cuando no censurado. Como en Teaching to transgress, bell hooks nos recuerda que nuestro deseo es siempre potencia de vida insurgente, activa el sentido de lo viviente en cada gesto de aprendizaje, de saberes compartidos, con la sutil expresión de una composición casi secre­ta, una complicidad que se da al (des)marcar-(des)armar los desbordes de una sensibilidad domesticada, inducida o regulada por las formas de subjetivación identitarias (hooks, 1994, 191).

Un acto erótico en la educación siempre involucra la sensibilidad como acer­camiento inicial a toda configuración conceptual, a toda participación interro­gante, a toda expresión necesaria de una vida en formación. Lo que bell hooks nos aporta es una mirada descolonizadora de la implicación del deseo en la educación, como si el hecho de abrir el deseo en lo pedagógico —y, por tanto, en la investigación educativa— fuera un primer gesto de desprendimiento, de descolonización sobre tanta epistemología colonial moderna-europea que nos avala solamente cuando la producción de saberes, de conceptos, de ideas está fundamentada en una objetividad deserotizada en el proceso y la meto­dología. Por eso, la invitación a una erótica investigativa en lo pedagógico nos lleva a tramar interdisciplinariamente los desbordes necesarios en los trabajos que intencionamos, para reexaminar nuestras metodologías de investigación y formación en la que se presenta el saber como una complejidad interdimen­sional de múltiples planos (García Canclini, 2012). Esto no deja por fuera la especificidad de lo investigado, sino que lo amplía a una mirada mucho más extensa, densa y dinámica. Se trata de habitar, en definitiva, siempre las fron­teras de las propias disciplinas, pero también del propio pensamiento, de la propia sensibilidad, de las ideas y conceptos que nos han configurado una percepción de mundo.

Con todo esto, es necesario advertir que una perspectiva así no está exenta de arrebatos, capturas, censuras o persecuciones. No es una propuesta fácilmente llevadera en las instituciones y espacios de investigación y formación pedagó­gica, porque entre los miedos que gestan las fronteras ontológico-epistémicas, como (des)bordes eróticos, se organizan los discursos de las múltiples y bien configuradas identidades —o performatividades— de las subjetividades, y sig­nos semióticos que visibilizan y confirman la efectivización de los poderes dis­cursivos que se apropian de estas potencias vitales y deseantes. Es decir, aun cuando nuestrx cuerpx adhiera a una categoría, necesita confirmarla mediante su gesto semiótico dentro de las mallas de poder. Sin embargo, “las personas se fastidian por esas ‘cosas existentes’ que escapan a la clasificación, tratando esos fenómenos como peligrosos, contaminantes y que requieren ser erradicados” (Rubin, 2019, 168).

Ritmos y devenires en(tre) los bordes de la tierra

Figura 4.
Figura 4.

Actor: Juan Andrés Gallego. Fotografía: Ornela Barone Zallocco

Se sabe que las células no reconocen espacios u organismos de frontera sino que actúan agenciadas y en conjunto colaborativo de modo sinestésico, ges­tando, permeables, la continua homeostasis de lxs cuerpxs que habitan; sin em­bargo, logran reconocer cuando un agente patógeno extractivista energético acecha provocando un latente peligro para sí mismos. Esa percepción ínfima es la percepción de lo imperceptible, la que moviliza sin que exista una concien­cia evidente, y que yace en la más profunda materialidad sensible de nuestras formas constitutivas. Hay comunicación cooperativa en las células y en los bos­ques, entre las materias más simples y las complejas tramas de la selva o los lagos, las montañas, en la tierra, también en cierta forma en algunas zonas de las urbanidades.

El territorio no es menos espacial que intensivo, la tierra no es una materia inerte ni mucho menos una propiedad, sino la resonancia plural que alimen­ta los movimientos, las afectaciones, que provoca los devenires en los estra­tos materiales (Deleuze y Guattari, 2010). La tierra siempre será la materia vibrátil preindividual con la que estaremos vinculados para poder individuar­nos singularmente en nuestros procesos vitales (Simondón, 2015, 183). Por eso las concatenaciones vibratorias que se establecen de lxs cuerpxs con los territorios y el cosmos tienen una forma particular que se da a un ritmo y en unos medios codificados específicos. El ritmo es un pasaje de un medio a otro, una mutación que diferencia los pasos entre los medios abiertos a la caótica condición de lo heterogéneo.

Entonces el territorio aparece no tanto como algo dado sino como un acto que afecta a los medios y a los ritmos, donde se los “territorializa” (Deleuze y Guattari, 2010, 321). Es decir, el territorio es un efecto, una producción móvil de la territorialización de los medios y los ritmos, todo esto es el resultado de hacer de las materias implicadas un gesto de expresión. Estas materias de expresión son anteriores al sujeto, a la identidad o a la propiedad; se perciben sin identificarse, porque son ellas mismas apropiativas en cuanto cualidades expresivas de una composición, de un agenciamiento. Lo que nos interesa de todo esto es que los bordes ficcionales que instituyen las formas nominales de las identidades, de lo propietario, de la significación, cristalizan la nómade condición de las materias expresivas vitales que yacen la profundidad de la vida no orgánica, de lo que nos gustaría llamar tierra. Los devenires son el ritmo propio de las materias expresivas y conforman el movimiento de pasa­je entre los medios codificados, entre los estratos y segmentos que regulan la sedimentación identitaria de las cosas y las existencias. A este movimiento de creación y deriva, de rizomas y resonancias, Deleuze y Guattari lo llaman “ritornello” y lo definen como “todo conjunto de materias de expresión que traza un territorio, y que se desarrolla en motivos territoriales, en paisajes te­rritoriales” (2010, 328).

En ese sentido, pensamos que las intuiciones, las sensibilidades, las afecciones no tienen bordes, no poseen contornos o cercos, aunque sí están muy domes­ticadas en sus potencialidades por el sistema capitalista cafisheistico(Rolnik, 2019). Las percepciones han sido y continúan siendo producidas por máquinas de territorialización reactivas, con la finalidad de responder a los intereses de atención de este semiocapitalismo voraz, gestado en los intercambios inescru­pulosos de costo y valor, donde aquellas cosas que más cuestan son quizá las que menos valen. En esta dirección queremos apuntar la idea de que los agen­tes incorpóreos que persistentemente nos iluminan[4] con el brillo de sus bits tienen por lejos mayor legitimidad y valoración en la percepción que requieren y despliegan, que aquellos referentes a espacios sutiles o vibratorios. Las reali­dades aumentadas exponen la idea de “una potencia virtualmente omnisciente de la técnica que se adhiere ahora al cuerpo o hace cuerpo con nuestra percep­ción de las cosas” (Sadin, 2017, 85).

Surge una multitud de preguntas en relación con lo mencionado, en tanto anu­lamos sistemáticamente nuestras percepciones de un ver profundo y preten­demos insidiosamente aumentar nuestra visión. ¿Qué cercos estamos tejiendo alrededor de nuestras percepciones? ¿Qué intelectos pretendemos cultivar de modo binario y codificado? ¿Qué aumentos de la(s) realidad(es) pretendemos cuando no (re)conocemos las importancias de la(s) realidad(es) más minúscu­las? Los conjuntos sensitivos de lxs cuerpxs en los territorios (des)bordan inte­racciones inmanentes, erotizándose entre sí, (trans)fectándose sutilmente, ges­tando sabidurías y memorias en las pieles que se vuelven complejas narrativas incodificables para el estatus heteronormativo y cosificado de la academia.

Figura 5.
Figura 5.

Actor: Juan Andrés Gallego. Fotografía: Ornela Barone Zallocco

Sin desprendernos de semejante problemática, pero en relación con esto que venimos entrelazando, queremos atesorar, resguardar(nos), las palabras de Lorena Cabnal cuando expresa que “recuperar el cuerpo para dignificarse y la alegría en relación con la naturaleza es una apuesta política emancipadora” (2018, 102). Como sucede con esas minúsculas y supernumerarias hormigas que habitan grandes agencias y organizaciones poderosas capaces de arrasar con nuestros cultivos, pero que expresan una lógica de cooperación tan vital y necesaria, como en la polinización de los enjambres de abejas que se mueven entre mundos y diversifican las cromáticas vitales, nos parece que saberse parte de los intercambios invisibles de nuestros territorios quizá implique desbordar los marcos de inteligibilidad consciente.

Saber(nos) parte de la red tenselar de territorios cuerpx y territorios tierra, es decir, de la humedad germinal de los ríos y lagunas, de la vegetación como red vital de informaciones y saberes, el micelio subterráneo con sus hifas que se entrelazan con árboles y hongos, las raíces infinitas que se entrelazan con la tierra y nutren de germinaciones el aire. Los liqúenes que menciona D. Haraway (2019, 118). Estas conexiones de lo perceptible en el entretejido íntimo de la vida, compuestxs de puntos y líneas en tramas heterogéneas, no (re)conoce lí­mites o bordes, no limita sus capacidades, posibilidades a un margen determi­nado, sino que resuena, se afecta y afecta, se (trans)forma y contagia en una proliferación mutante permanente. Así crece la vida: mutando, transfigurando sus propios diseños. Reconocer el territorio en su permanente afectación con lxs cuerpxs conlleva a disputar los mecanismos patriarcales de extractivismo en los que se privilegia el producto y su par el consumo, en desmedro de la diversifica­ción y vitalidad de los territorios tierra y los territorios cuerpx.

Para nosotras, defender el territorio cuerpo conlleva asumir el cuerpo como un territorio histórico en disputa con el poder patriarcal ancestral y colonial, pero también lo concebimos como un espacio vital para la recuperación de la vida. En ese sentido las luchas contra las múltiples formas de violencia contra las mujeres indígenas, pero particularmente la violencia sexual, la territorial y el feminicidio, son luchas históricas, pero aún vigentes. (Cabnal, 2018, 102)

Cultivos para soltar dehiscencias rebeldes

Figura 6.
Figura 6.

Actor: Juan Andrés Gallego. Fotografía: Ornela Barone Zallocco

Aquí hemos fermentado nuestras conversaciones, hemos develado nuestros gestos, agenciando todos los (con)textos que nos corporan. Si “la desviación es todo lo que sea condenado por la comunidad” (Anzaldúa, 2016: 59) los (des) bordes son la expresión del fracaso de los discursos imperantes y normativos en la carne. Y las rebeldías como efecto de (des)borde cultivan los gestos esté­tico-políticos necesarios e insurgentes, que se traman y se desbocan en la piel, ha(siendo) “cuerpo en la experiencia de escritura” (flores, 2019,12) fugándose de “las praxis de la insumisión” (Testa, 2018,7), o bien “reivindicando el derecho a ser un monstruo” como nos propone sensiblemente Susy Shock, en todas las relaciones posibles. Los límites, las fronteras, los bordes que definen los efectos y poderes de lo inteligible, de lo cognoscible, deseable y pensable, operan en la negación de la voluntad consciente, amenazando la soberanía del (auto)go- bierno (Anzaldúa, 2016).

Sentimos que hemos propuesto una escritura, un entramado de conceptos, ideas y experiencias que se conjugan en un cultivo fermentado de posibilidades afectivas y comunales, que se irán tejiendo a un tiempo no esperado, pero sí deseado. Nos gusta esta idea de la experiencia sensible de una escritura que se publica y comunica, pensada como posibilidades de dehiscencia.[5] Con esta expresión de proliferaciones seminales multisituadas y expansivas, es decir, como lo hacen las semillas, conjuramos desde los (des)bordes en la evitación del totalitarismo conceptual abarcativo, abrazando (trans)afectantes y estalladas preguntas: ¿la rebeldía no es voluntaria? ¿Es un ejercicio de enajenación? ¿Ex­cede las pulsiones? ¿Atraviesa el torrente sanguíneo y resiste la colonización de ser encorsetada y academizada? (Des)bordarnos para efectuar las deshicencias como modos posibles de tramar las redes entre algunxs que devienen cercanxs e indispensables unxs a otrxs sin comprender tal motivo de agenciamiento (De- ligny, 2015, 30).

Los caminos de las itinerancias, de los nomadismos, no son alegres necesaria­mente, pero sí sumamente urgentes, muchas veces, incluso, innegociables. La convocatoria que hemos dejado en este escrito comienza su recorrido por las fibras de quien se haya tomado el tiempo y dispuesto la sensibilidad para leer en voz atenta, con voz alta y en presencia de sus cercanos, estas ideas, estas palabras y estos recorridos a experimentar. Entonces sabremos, cuando nos en­contremos, que habremos tejido una trama anterior a todo encuentro efectivo, de afectos e ideas, que será la posibilidad de nuevas comunidades por venir, esas que se van haciendo, no las que esperan en un futuro incierto. La comuni­dad es en acto, un encuentro de potencias colectivas.

La apuesta siempre está en ese dislocamiento, en ese desborde, en la frontera habitable, en el límite rebasado, en toda vida que se expanda más allá de la particularidad individual, como las redes, los rizomas, los micelios de hifas, o los corales multicolores, como los frondosos bosques y selvas maestras, que nos piensan y erotizan en una comunidad afectiva interespecie. Entonces, nuestras experiencias de vida, nuestra vida, nuestras investigaciones, incluso las educati­vas, no podrán no implicarse de manera plena en cada registro y en cada paso de lo que curiosa y eróticamente iremos dando, como el respiro de vida que inhala toda la materia de mundo (Coccia, 2017). Por eso nos gusta decir que la investigación erótico-vital de nuestro aprendizajes es “como una nube de are­na envolvente, desorientarse y perder el pulso, el tiempo, el espacio, el ritmo, perder(se) y no encontrar línea(s) de horizonte(s) posible(s), sino saberse en un portal, en una burbuja de fantasía y deseo, dejarse llevar por la experiencia y transmutar los sentidos otorgados a lo conocido”[6].



Todos nuestros (des)bordes
orgánicos,
orgásticos,
opaces,
ordinarios,
obtusos,
osados,
otrxs,

son aquellos señuelos capaces de desgarrar las líneas cerradas,
os movimientos (pre)definidos,
los arcos enjaulados,

todos nuestros
desbordes estallan en llamas
liberan potencias
y gestan acciones
devienen cultivando
la rabia y rebeldía
MOVIENTE Y CORPORANTE
capaz de ser mayúscula
y contagiar,
contagiar,
contagiar
erótica a lxs cuerpxs anestesiadxs.
(des)bordante
(des)bordame

post(s)

Referencias

Anzaldúa, G. (2016). Borderlands/La fronteras. La nueva mestiza. Capitán Swing.

Britzman, D. (2018). ¿Existe una pedagogía cuir? O, no leas tan hétero en Pedagogías Transgresoras II. Bocavulvaria.

Cabnal, L. (2018). Tzk’at, red de sanadoras ancestrales del Feminismo Comu­nitario desde Iximulew-Guatemala. Ecología Política. Cuadernos de debate internacional 54, 100-104.

Coccia. R. (2017). La vida de las plantas. Una metafísica de la mixtura. Miño y Dávila.

Cangi, A. (2020). Margen de deseo. Lo que vemos, lo que nos mira. En El cuerpo queer. Subvertir la hétero-normatividad. Letra Viva/ Ed. Lecol, 61-96.

Deleuze, G. (2009). Diferencia y repetición. Amorrortu.

Deleuze, G., y Guattari, F. (2009). ¿Qué es la filosofía? Anagrama.

Deleuze, G., y Guattari, F. (2010). Mil mesetas. Capitalismo y esquizofrenia. Pre-Textos.

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Dieguez, I. (2007). Escenarios liminales. Teatralidades, performances y políti­ca. Atuel.

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Foucault, M. (2010). Defender la sociedad. FCE.

Foucault, M. (2011). Historia de la sexualidad. La voluntad del saber. Siglo XXI

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Notas

[2] Los lazos históricos coloniales que relacionan a la racionalidad moderna con la raza son evidentes. El surgimiento desde el siglo XVI de la noción de raza ligada a la guerra (Foucault, 2010) y la consecuente proliferación de la certeza científica como verdad incuestionable de la razón establecen la condición ontológico-política con la que se ordena la realidad en la Europa moderna. En ese sentido, la idea de crear esta palabra-valija es explicitar los rasgos racistas con que la racionalidad ha establecido la determinación del pensamiento, y con ello el grado de reconocimiento y aceptación de las personas, según su experticia en el manejo de la razón, sea para los cálculos estratégicos, como para el dominio de las pasiones. En definitiva, será este maridaje de la razón y la raza, como bien lo expresa A. Quijano (Palermo y Quintero, 2014), lo que establecerá el patrón moderno-colonial de la forma-ciudadana, la civilización moderna, y su consecuente potencia colonizadora que tanto ha maltratado y violentado otras formas de conocimientos, de cosmosensaciones y de vida.
[3] Extracto de la performance “¿Qué carajos es poner el cuerpo?”, de Joyce Jandette, activista transfeminista mexicana, publicado en su blog Músicas visibles, diario de mis ficciones, disponi­ble en: https://www.youtube.com/watch?v=JabMdko3xRc
[4] Si la razón en la modernidad europea estaba ligada a la raza como su encarnación política en las corporalidades, tenía otro anclaje más en la sutileza de las almas en virtud de mostrarles la “claridad” del pensamiento, la certeza del pensar era vinculada a la claridad del pensamiento y portanto de la expresión. A eso se le suma la antigua imagen platónica de la luz del bien y la justicia en la alegoría de la caverna, y bajo la herencia (neo)platónico-cristiana, el periodo histórico conocido como “iluminismo” sensibilizó en nuestro lenguaje, en nuestro pensamien­to, el valorjerarquizado de la claridad, de lo que ilumina, de la blanquitud como el horizonte supremo de la estimación en las producciones de conocimiento académicas y científicas. No es extraño asociar esta luminosidad a las realidades ampliadas digitales en las que no encon­tramos en esta avanzada tecnológico-colonial con la cual vemos exaltados nuestros sentidos en la estimulación incitante de las luminarias que las pantallas producen en nuestras vidas cotidianas.
[5] Hemos conocido esta noción proveniente de las expresiones seminales de las plantas, gracias a un querido amigo editor de La Pequeña Editorial, que publica ediciones artesanales con el cuidado merecido de que cada libro sea una deshicencia de vida, idea y concepto, pero también gesto de germinación expansiva en todas las direcciones. El querido Santiago nos cuenta esta idea: “La dehiscencia es el momento en que cierto tipo de fruto se abre, liberando y dispersando las semillas. Principio del periplo; nacen así amparos, colaboraciones, y a eso se apuesta. La semilla puede medrar, o no. Un salto de fe.”. IG: @lapequeniaeditorial
[6] Notas de diario de la autora, en un itinerario de encuentros eróticos.

Información adicional

Cómo citar: Barone, O. y Díaz, S. (2021). Un (des)intento fugitivo de (a)bordar los (des)bordes. En post(s), volumen 7 (pp. 28-51). Quito: USFQ PRESS.